Cada vez que lo veo siento cosquillas abajo del ombligo.
Está
prohibido. Está bien romper de vez en cuando alguna regla personal pero
cuando con una persona se rompen varias, está prohibido.
No es la
primera vez que lo imagino sobre mí, que dibujo sus besos a mi manera y
los hago mis favoritos. Presiento que él también lo ha pensado y eso
hace más difícil mi tarea de acabar con el deseo.
La sabiduría popular dice que la mejor manera de derrotar la
tentación es cayendo en ella; la sabiduría popular evidentemente no
contempla las consecuencias de ningún acto. ¿Cuáles pueden ser la
consecuencias, en todo caso? Ninguna, si me aseguro de que él no hable.
Los caballeros no tienen memoria, también divulga aquella sabiduría.
¿Cómo comprobar que es un caballero sin darle algo que recordar primero?
Odio las decisiones sexuales que me obligan a pensar. Me gusta cuando
las cosas se dan con naturalidad, cuando solo pasan. Quisiera tenderle
una trampa y encerrarlo en un cuarto a prueba de recuerdos y besarlo sin
darle ninguna explicación, besarlo hasta el último rincón.
- ¿Qué haces?
- ¿Qué crees? Mejor no hagas preguntas antes de que me arrepienta.
Ni se imagina que no me arrepentiría. Cada poro en mi cuerpo
respiraría su aroma que por cierto me enloquece. Lo he tenido tan
cerca como para reconocer su olor entre miles, como reconozco el de
cualquier otro hombre con el que he estado.
No me ha susurrado al oído
que le haga el amor como para tener claro el tono de su voz en mi
cabeza, pero me ha rozado la espalda por encima de la ropa cuando me
saluda y eso me ha hecho reinventar su toque mientras me masturbo pensando en él.
Sólo viven dentro de mí las ganas de que no me olvide.